Acabábamos de estrenar en Sevilla mes de marzo de 1991 cuando el Betis tenía cita obligada en el Ramón Sánchez Pizjuán para citarnos con el eterno rival. El equipo de la Palmera, casi desangrado ya en su retorno a Primera en una de las campañas más vergonzosas –a nivel deportivo- de su historia, estaba entrenado por José Luis Romero tras ser despedido Julio Cardeñosa en la jornada 8. El Betis vivía malos tiempos, lleno de penosos jugadores y similar ilusión de la hinchada. En vista, del triste rendimiento de la plantilla, la directiva consideró oportuno reforzar al equipo a mitad de campaña con un centrocampista uruguayo pasadito de kilos de nombre José pero que todos llegamos a conocer como Perdomo.
Hasta entonces, sólo se sabía de él que procedía del Génova, club que le permitió debutar en Europa y en el que apenas demostró nada. Esa tarde de marzo, Perdomo compartió calzonas negras y centro del campo con personajes como Julio, Bilek o Chano. La primera alegría bética llegó muy pronto; minuto 1, gol de Mel. Pero, tristemente, aquello sería efímero. En poco más de 45 minutos, Carvajal, Conte y Polster se entretenían en poner el marcador 3-1, mandando a nuestro glorioso club ya casi a la condena y a José Luis Romero al paro (de hecho, fue sustituido dos jornadas más tarde por José Ramón Esnaola).
Sin embargo, un hecho que, sin duda, muchos recordarán, nos revolvió en nuestro sillón y regó un poco más esta semilla verde, blanca y verde que todos criamos poco a poco, día a día. Ramos Marcos decretó una falta que, por su lejanía, no entrañaba demasiado peligro a tenor de la consistencia y experiencia de gente como Salguero, Diego o Pascual. Nuestro protagonista, Perdomo, agarró el balón, tomó carrera y le pegó al cuero auxiliado por las toneladas de rabia de todos los béticos que en ese momento veían la tele. El balón terminó entrando por la escuadra de Unzué, un auténtico golazo, y mientras algunos todavía estaban incrédulos ante el zapatazo, la mayoría explotaron en un ensordecedor grito.
Muchos, entonces, creímos que el Betis había encontrado una perla, un líder, un alma. Pero aquella figura se diluyó con el paso de las jornadas, jugando únicamente cinco partidos más defendiendo las trece barras ante Mallorca, Zaragoza, Cádiz, Real Madrid y Español. El Betis acabaría bajando a Segunda y Perdomo marchándose por donde vino.
El centrocampista, presente en el Mundial de Italia junto a Enzo Francescoli, Pablo Bengoechea, Carlos Aguilera o Rubén Sosa, decidió regresar a Sudamérica, aunque en esta ocasión para jugar en Argentina, en las filas de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Allí viviría una situación aún más singular a la provocada por la reacción bética en el 3-2. Poco más de un año más tarde del tanto en el Pizjuán, Perdomo anotó un extraordinario gol ante Estudiantes de La Plata en el derbi de la ciudad. Su acción, que le dio la victoria a su equipo, provocó tal delirio en la afición que al tanto sucedió un movimiento sísmico en La Plata y desde entonces a nuestro protagonista lo conocen como Terremoto Perdomo.
Ahora, con 43 años, Perdomo trabaja en los escalafones inferiores de Peñarol de Montevideo, donde empezó y se retiró, aunque pasó como técnico también por Villa Española, Racing o Basaña.
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