Sentarse delante del ordenador para intentar escribir algo sobre el Real Betis es cuestión de fe o de locura incurable. Máxime cuando hay éxitos deportivos en Wimbledon yen las motos, están las semifinales del Mundial a la vuelta de la esquina y el Tour de Francia acaba de arrancar. Todo eso unido a la triste realidad verdiblanca convierte a estas líneas en un gran esfuerzo. Así que voy a retroceder en el tiempo un par de semanas y voy a dedicarle este artículo a un ridículo (otro más) personaje de la fauna loperiana.
Me fui de vacaciones anonadado por la esperpéntica rueda de prensa del pseudo-portavoz del Consejo de Administración del Real Betis Balompié. De este individuo se pueden decir muchas cosas. Por ejemplo: su labor como portavoz es absurda e ineficaz. El trabajo que desempeña es una farsa, una pantomima. Pero voy a referirme a su última aparición en público. Acaba el Betis de sellar su no ascenso a Primera División y José María Blanco se sentó en la sala de prensa para soltar por la boca un comunicado bochornoso e irrespetuoso. Dijo que en la siguiente semana (la que iba del 21 al 27 de junio) se ofrecería una rueda de prensa para hacer una valoración de la temporada, y que se tomarían las primeras medidas para el futuro inmediato. Nada de nada. Lo que se ha hecho desde entonces son tres fichajes y filtrar la venta de acciones a Luis Oliver para desviar la atención de los Béticos, para aplicar la dosis de cloroformo necesaria para adormecer a las criaturitas.
Estamos ante el mismo dilema de siempre. Los miembros del Consejo del Real Betis carecen de dignidad, vergüenza torera y responsabilidad. Tras el enésimo fracaso las dimisiones tendrían que haberse producido de manera inmediata. Lamentablemente lo único que ha ocurrido es que estos señores siguen en su cargo, chupando del bote, lastrando el futuro del Betis con su presencia y demostrando una bajeza moral impropia de personas adultas y supuestamente sensatas.
Para terminar vuelvo al chirigotesco portavoz. Señor Blanco, siendo usted Diácono y como tal, miembro de la Iglesia, debería tener muy presente el octavo mandamiento. No mienta más. No peques. ¿No tiene usted suficiente con estar en deuda con los Béticos para estarlo también con Dios? Confíese sus pecados o muestre cordura y márchese.
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