Hace tiempo me decía un amigo que el Betis no le producía los mismos sentimientos que años atrás. Ahora, con la dictadura loperiana, lo máximo que hacía era seguir el resultado de cada jornada. Poco más. Ni asistía al campo y lo veía por la tele si no había otra cosa más interesante que hacer. La familia, los amigos, la lectura o Internet eran mucho más atractivo que perder dos horas viendo a su equipo.
Para mí esa situación era impensable hace un tiempo pero ahora estoy en un punto intermedio entre mi amigo y los seguidores acérrimos. Voy al campo para no tener la sensación de haber tirado el dinero del abono pero no planifico mi vida pensando en el Betis. Este fin de semana de puente he estado en el Algarve y he sabido del resultado por el mensaje de un cuñado. Me alegro por la victoria pero vuelvo a caer en la depresión cuando leo hoy la literatura del entrenador para explicar el resultado.
Puede que el Betis suba, porque el resto de equipos –quitando al Hércules- son un susto pero viendo los personajes que dominan nuestro club, el retorno a primera sería pan para hoy y hambre para mañana. Además, la semana pasada comí con un entrenador de fútbol y me abrió los ojos sobre la realidad de los futbolistas. Tras esa conversación, el fútbol me interesa lo justo y el Betis lo necesario.
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